Sobre la Ciudad de Alcalá de Henares
  Coplas y lugares        

 

ALCALÁ: Introducción a su historia
Texto extraido de la página,
www.hijosyamigosdealcala.com

IR A: home>>

Los comienzos...
La ciudad romana
Los Santos Niños
Las nuevas gentes del norte
Los árabes y la nueva ciudad
La reconstrucción: el Burgo de San Justo
Una próspera ciudad y su patrona
Alonso Carrillo, el Arzobispo levantisco

Los Arzobispos Mendoza y Cisneros

El sueño de Cisneros

 

Los comienzos...

Desde tiempos inmemoriales, cuando ni siquiera existía el hombre moderno, el entorno de Alcalá conoció ya la presencia humana. De momento todavía de forma esporádica, siguiendo las rutas migratorias de los animales como cazadores que eran, durante buena parte de la prehistoria. Porque una de las principales características de Alcalá es su localización en la vía natural de paso que comunica dos cuencas hidrográficas importantes de la Península Ibérica, la del Tajo y la del Ebro, a través de los ríos Henares y Jalón. Diferentes pueblos históricos seguirán utilizando esta ruta en sus desplazamientos hacia el noreste, incluso en la actualidad, como atestigua el trazado de la A2.
Una vez superado el largo período de las glaciaciones, comienzan a aparecer, ya en los períodos Eneolítico y Bronce, pequeños asentamientos de gentes seminómadas, tanto en los cerros que conforman el paisaje característico de Alcalá (Ecce Homo, Viso) como en la vega del río (entorno de la Dehesa, Juncal). Unos y otros aprovecharían los recursos naturales disponibles en su entorno inmediato, dedicándose posiblemente más a la ganadería en los cerros, y más a la agricultura en la vega. Podríamos imaginar los primeros intercambios entre unas y otras comunidades, aprovechando esa incipiente especialización, por otro lado casi inexistente dentro de cada grupo... Poblados pequeños, de cabañas circulares hechas de paja y barro, agrupadas entorno a un espacio común...

Mientras fenicios y griegos frecuentan las costas mediterráneas de la Península y va pasando el tiempo, en el interior, casi desconocido y muy alejado, la evolución cultural es más lenta y retrasada. Llegarán los pueblos celtas en dos oleadas, alcanzando la meseta en la segunda. Poco a poco, ya en la Edad del Hierro, la mayoría de los pequeños poblados se van abandonando. Sólo quedará uno, que acabará acogiendo a las gentes de los alrededores, se hará más grande y tendrá muralla. Es el castro celtíbero que los romanos encontrarán muchos años después en lo alto del Viso. Aunque su nombre legendario es Iplacea, la todavía escasa evidencia arqueológica sugiere un nombre celtíbero que será el predecesor del romano Complutum: Kombouto/Kompouto. Su localización en la meseta del cerro parece favorable, pues desde allí se domina un amplio territorio, sobre todo hacia el suroeste, y las laderas permiten una mejor defensa de la ciudad. Los tiempos se prometen turbulentos. Llegan rumores desde las costas del Mediterráneo: un nuevo pueblo ha acabado por reemplazar a los fenicios tras la caída de Tiro en manos de los asirios, y su creciente presencia en la margen sur del Mediterráneo despierta los recelos de aquellos que han tomado el relevo de la hegemon

 

La ciudad romana
           
        La batalla llegará hacia el final del siglo III a.C., tras las campañas expansionistas dirigidas por los Bárquidas. Esta 2ª Guerra Púnica terminará como la primera, con la derrota de Cartago y nuevos territorios bajo el control de Roma, en este caso Hispania. En unos pocos años la ciudad del Viso pasó de ser dominio cartaginés a ser dominio romano... nominalmente. No debieron afectar demasiado a la vida cotidiana de nuestros antepasados las luchas entre los poderosos. ¿Tal vez el paso de los ejércitos cartagineses hacia el Ebro?
       El dominio efectivo de Roma no ocurrirá hasta el primer cuarto del siglo I a.C. En el transcurso de la guerra entre las tropas de Sila, erigido en dictador romano, y sus opositores liderados por Sertorio, la ciudad del Viso será tomada por los primeros. Comenzará entonces el proceso de romanización para sus habitantes: el uso de la toga, el latín y las costumbres romanas como la de acudir a los baños públicos. El viejo castro celtíbero tendrá que albergar en su seno los edificios nuevos que la nueva forma de vida y de gobierno requería. Hasta el nombre de la ciudad se latinizará y pasará a denominarse Complutum.
Con el cambio de era, la Pax Romana y las nuevas ideas imperiales, por las que toda ciudad romana debía ser como una imagen de la propia Roma, la vieja ciudad de Complutum va a quedarse pequeña. El urbanismo viejo no responde a las nuevas necesidades, y nuestros antepasados deciden construir una ciudad de nueva planta. Lo harán sin embargo en la vega del río, a los pies del cerro del Viso, en la confluencia del Henares y el arroyo Camarmilla (al suroeste de su ubicación actual), pues la situación política ya no hace tan necesaria una posición defensiva. La construcción y el traslado se realizarán gradualmente a lo largo del siglo I de nuestra era.
Con sus calles rectas, su muralla, su foro con los edificios administrativos, los templos y las termas, sus comercios y talleres... toda una pequeña Roma en el interior de la Península. Porque Complutum no fue una ciudad más, sino un hito importante en la vía Augusta, que unía Emérita Augusta (Mérida) y Cesaraugusta (Zaragoza), para continuar después a Barcino (Barcelona) y Tarraco (Tarragona). Constituía en realidad una encrucijada, ya que aquí se encontraba esta vía con otra ruta que, procedente de Astorga pasaba por Cauca, Complutum y Segobriga, llegando hasta Castulo, para enlazar después con la vía de comunicación entre las ciudades del Levante. Nuevos horizontes se abren ante los ojos de los complutenses de aquellos tiempos. Después de siglos de aislamiento, en los que los contactos con otras gentes serían esporádicos, a menudo comerciantes casi aventureros procedentes de los grandes núcleos mediterráneos, el imperio trae consigo no sólo una cultura más avanzada sino una red de comunicaciones buena y eficaz, que fomenta el trasiego de mercancías, así como el paso y el establecimiento de gentes de diversa procedencia. Gracias a Roma nuestra ciudad se convierte en un importante punto de encuentro en el centro de la Península, como atestiguan sus mosaicos y sus lápidas funerarias.

Los Santos Niños

        Esta situación, como en muchos otros lugares del imperio, hizo que no tardara en llegar el cristianismo a Complutum, y con él uno de los acontecimientos que más han condicionado la historia de nuestra ciudad. Muchos años han pasado, la ciudad ha entrado en un período floreciente tras una etapa temprana de decadencia, que compartió con otras ciudades del interior de la Península. Es el año 305, y la persecución contra los cristianos decretada por el emperador Diocleciano trae a Hispania al prefecto Publio Daciano para que se asegure de la ejecución del edicto. Desembarca en Barcino y va recorriendo los núcleos urbanos principales de las provincias Tarraconense y Carthaginense: Gerunda, Barcino, Tarraco, Cesaraugusta, Calagurris, Toletum, Valentia... Complutum.
        Cuenta la tradición que dos niños, Justo y Pastor, tras hacerse público que todos los cristianos debían abjurar de su fe bajo pena de muerte, se presentaron ante Daciano, instalado en la Basílica, en plena plaza del foro, proclamando que ellos eran cristianos y no renunciarían a su fe. Por tratarse de unos niños, y dado que los regalos no habían surtido efecto, Daciano decidió que bastaría azotarlos para conseguir su objetivo. Pero he aquí que no: Justo, el hermano menor, animaba a su hermano mayor a mantenerse fiel a Cristo en medio del sufrimiento. Ante su persistencia, y dado lo notorio que se había hecho el caso, tuvo que aplicar en todo su rigor el edicto. Los niños fueron llevados fuera de la ciudad, a un lugar conocido como Campo Laudable, donde fueron degollados sobre una piedra, en medio de un gran concurso de gente. Los cuerpos fueron enterrados allí mismo junto con la piedra. Era un 6 de agosto.
             El martirio de los Santos Niños marcó profundamente la historia de nuestra ciudad y está unido a ella de forma indisoluble. El Campo Laudable se convirtió en lugar preferido de enterramiento de los cristianos (numerosos en la ciudad), los conocidos como enterramientos ad santos. Hasta tal punto que al finalizar el siglo se había perdido la memoria del lugar exacto. De nuevo la tradición nos cuenta que fue San Asturio Serrano, obispo de Toletum, tras serle revelado en un sueño la ubicación de los cuerpos, vino a Complutum, los encontró junto con la piedra y mandó erigir un pequeño edificio para su culto sobre el lugar del enterramiento, precursor del que con el devenir de los siglos será Magistral y luego Catedral. Este es el inicio del obispado complutense, ya que Asturio erige una nueva diócesis con sede en Complutum y bajo la protección de los Santos Niños Justo y Pastor. Su devoción por ellos es tal que se traslada a nuestra ciudad, a las inmediaciones de la pequeña iglesia, convirtiéndose en el primer obispo complutense, aunque sin abandonar la sede toledana. Estamos ya a principios del siglo V, los pueblos germánicos han comenzado su entrada en Hispania, en primer lugar suevos, vándalos y alanos. Es una época turbulenta, de creciente vacío de poder, y de continuas batallas entre visigodos, aliados (“federados”) con el moribundo imperio, y el resto de pueblos germánicos en la Península. Antes de que termine el siglo Roma será saqueada y finalmente su emperador depuesto, dándose por finalizado el Imperio Romano de Occidente. El obispo se convierte en punto de referencia, la única autoridad en un mundo que parece tambalearse, y en su entorno empieza a concentrarse la vida económica y política, además de la religiosa. La ciudad de Complutum va a trasladarse desde su anterior ubicación en la confluencia del Henares y el Camarmilla a la zona del Campo Laudable, donde está la sede episcopal. La vieja ciudad será abandonada progresivamente a lo largo del siglo, y aunque las avenidas del río los irán cubriendo, muchos de sus restos serán todavía visibles en siglos posteriores. Así, Justo y Pastor no sólo están en el corazón de la vida religiosa de los cristianos complutenses, sino que son el motivo del traslado de toda la ciudad al lugar que ya no abandonará desde entonces.

 

Las nuevas gentes del norte
     
        Enarbolada la bandera de la guerra en su capital de Tolosa (sur de Francia), los visigodos fueron paulatinamente sometiendo, expulsando o reduciendo los territorios bajo control del resto de pueblos germánicos en la Península. Tiempos sangrientos, de batallas por un lado y regicidios por otro. En liza también con los francos, finalmente serán derrotados por estos a principios del siglo VI, teniendo que replegarse en Hispania. Toledo será finalmente la ciudad elegida como capital del nuevo reino visigodo. Sin embargo, Hispania seguirá estando en el pensamiento de otros pueblos de la agitada Europa de estos tiempos. Aunque el imperio romano de occidente ha desaparecido, el imperio de oriente no olvida las ricas tierras de la Península. El viento del este traerá todavía durante un tiempo velas extrañas a nuestras costas, y las luchas contra los bizantinos en el sur se sumarán a las sublevaciones internas...
            ¿Pero quiénes son estas gentes? Un pueblo venido del norte agreste, de origen germánico, más acostumbrado al caballo y a la espada que a los libros, la cítara o el laúd. Otra lengua, otras costumbres, otra forma de entender la vida... A su llegada no eran demasiados, aunque su espíritu guerrero y su alianza con Roma los convirtió en la élite político-militar. Tal vez por esa escasez numérica y por sus costumbres tan diferentes, asumieron lo que encontraron (apenas construyeron ciudades nuevas; Recópolis, en Guadalajara, es una excepción), y acabaron mezclándose de tal modo que ya no hablaremos de población hispano-romana, sino hispano-visigoda. De la bruma de aquellos tiempos nos han quedado palabras, nombres de personas y lugares, una lista interminable de reyes... y también joyas, armas, códices, edificios... ¿Y en nuestra ciudad? El pasado visigodo de Complutum nos ha legado fundamentalmente necrópolis y los ajuares funerarios acompañantes. La más grande de la zona, sin embargo, está en
Daganzo de Arriba, correspondiente a una importante guarnición militar. Y es que nuestra ciudad y las tierras circundantes seguirán siendo un importante cruce de caminos, si bien los viajeros, comerciantes y personalidades de muy diversa procedencia dentro del imperio han desaparecido casi de los caminos, dejando paso más bien a tropas y algún que otro refugiado de zonas en litigio. La actividad económica decae, y Complutum se repliega sobre sí misma. Aún así, el solar complutense está lo suficientemente poblado como para ser más cómodo controlar militarmente el cruce de caminos manteniendo las tropas a una distancia de la urbe, pero en un lugar situado sobre la ruta que viene de la sierra, muy utilizada por los visigodos: Daganzo.
            Escasas noticias nos han llegado de aquellos tiempos que escapen al calificativo de “legendarias”: escasos documentos y escasa evidencia arqueológica. La iglesia católica, tolerada cuando más por el arrianismo visigodo, revive tras la conversión de Recaredo a finales del siglo VI, retomando el pulso de los concilios de Toledo, que se harán más frecuentes. Sus actas nos desvelan los nombres de los sucesivos obispos complutenses, todos ellos asiduos participantes en estos encuentros. La estrecha unión entre los prelados hispanos, tanto en la clandestinidad como en la oficialidad, contribuyó a la difusión del culto a los Santos Niños. Así, hacia mediados del siglo VII, San Fructuoso del Bierzo, pariente del rey y futuro obispo de Braga, fundará el Monasterio de Compludo (en el municipio de Salas de los Barrios, León), dedicado a ellos. A partir de este lugar el culto a los Santos Justo y Pastor se extenderá por toda la esquina noroccidental de la Península. En cuanto a la evidencia arqueológica, restos conocidos hay pocos aparte de las necrópolis, que han aparecido en obras dentro (y también fuera) del casco antiguo de la ciudad, ya que el corazón de la ciudad medieval (Santos Niños y zona circundante) se asienta sobre la Complutum de aquellos días. Asociados a los enterramientos se han encontrado numerosos ajuares que nos dan hablan de sus gustos y su vida cotidiana.  

Los árabes y la nueva ciudad

Los últimos años del reino visigodo contemplan un recrudecimiento de las luchas por el poder en el seno de la aristocracia. Debilitados y divididos, no tardan mucho en sucumbir ante el empuje de pueblos vecinos. Los herederos de Witiza llaman en su ayuda a pueblos musulmanes del norte de África, para luchar contra de los partidarios de D. Rodrigo. Ganan la batalla (Guadalete, 711), es cierto, pero perderán aquello que quisieron para sí: la riqueza de las tierras que contemplan seduce a los recién llegados, y deciden quedarse.
            La ocupación de la Península por parte de las tropas musulmanas, al mando de Tariq, Musa (gobernador del Magreb) y su hijo Abd el Azíz, se produce con muy poca resistencia. Tanto es así que en cinco años (711-716) han llegado a los Pirineos. Nuevas tierras, nuevos paisajes se abren ante sus ojos: fértiles y cálidos valles cual jardines de Damasco, sierras altas y frías como el Atlas aunque con un aroma distinto; parameras, amplias llanuras… todo un nuevo mundo, y la puerta abierta para entrar en otro mayor. En su marcha hacia el norte pasarán más de una vez por Complutum, sempiterno cruce de caminos, siendo ocupada ya en el 714. La capital quedará establecida en Córdoba, y las fuentes árabes empiezan a denominar a los nuevos territorios Al-Andalus, de momento dependientes del Califato de Damasco. En el corazón de la literatura y la poesía árabes quedará ya para siempre grabada la imagen de Al-Andalus. Sin embargo, los restos de la nobleza hispano-visigoda no se resignarán ante la nueva situación de Hispania, y el 722, tras la batalla de Covadonga, comenzará el proceso de reconquista de los territorios perdidos.
            Nuevas gentes han llegado a la vieja Complutum. Aparte de una minoría de origen árabe, la clase dirigente, el resto son de origen bereber del norte de África, muchos de ellos pastores acostumbrados a los terrenos escarpados y los barrancos. Hablan árabe y han adoptado la fe musulmana recientemente. Lengua, fe, costumbres... probablemente contribuyeron a que no se mezclaran en un principio los nuevos pobladores con los antiguos, según algunos autores, y que se establecieran al otro lado del Henares, a la altura de la actual ermita del Val. Allí, en los barrancos y cerretes al pie del Ecce Homo, organizarán una nueva población como tantas otras en Al-Andalus y el norte de África, con sus callejuelas, su mercado al abrigo de la mezquita... Los cristianos del llano seguirán más o menos con su vida cotidiana, aunque bajo la nueva autoridad musulmana.
            En estos primeros tiempos, y en general durante buena parte de su dominio, los musulmanes serán tolerantes con la fe cristiana de la población local, aunque por supuesto habrá épocas de mayor intolerancia y de persecución. Hacia el 748 es liberado por su señor un esclavo procedente de Burdeos, San Urbicio. Según algunos, su devoción por los Santos Justo y Pastor le trae a Complutum para agradecer en persona el favor concedido. Pero por temor de que las reliquias pudieran ser profanadas, no se sabe si con consentimiento de nuestros antepasados o no, se las lleva a Francia. O tal vez una pequeña comunidad de fieles complutenses decidió emigrar a territorio cristiano, siguiendo la vía de escape que tenían más a mano, hacia Zaragoza y el naciente Condado pirenaico de Aragón, llevándose consigo a sus venerados patronos. En cualquier caso, con estancia previa en Francia o no, San Urbicio y las reliquias se encuentran en los valles del Pirineo, y será en el valle de Nocito (Huesca) donde el santo fundará el monasterio de San Urbez para custodiarlas. Allí, junto a Justo y Pastor, será enterrado San Urbicio, y allí permanecerán los Santos Niños varios siglos, hasta que a principios del siglo XVI sean trasladados a Huesca. Aragón se convierte así en el segundo núcleo de expansión de su culto por toda la Península. A la labor difusora de León y Huesca se unirán muchos complutenses anónimos que, al emigrar a territorio cristiano durante todo el período musulmán, completarán la expansión de su devoción por toda la cristiandad hispana.
            Los años han pasado, y con ellos la mitad del siglo VIII. Un temblor sacude al califato de oriente a occidente: la rebelión Abbasí acaba con el poder Omeya en Damasco, trasladando la capital a Bagdad. El último superviviente de la familia destronada huye a Al-Andalus, donde se proclamará emir independiente con el nombre de Abd al Rahman I. La población al otro lado del río ha ido creciendo, y hacia finales del siglo VIII o principios del IX, en una pequeña meseta a los pies del cerro del Ecce Homo y directamente sobre el río se construye una fortaleza, como parte de toda una serie de castillos destinada a defender la ruta secular hacia el valle del Ebro. Su nombre: Q’alat Abd al Salam, a partir de cuyo término Q’alat (“castillo, fortaleza”) surgirá el nombre de Alcalá, por la que se la conocerá siglos después. ¿Y en el llano? Algunos complutenses han emigrado a territorio cristiano. Los demás prefieren no abandonar sus hogares, sus tierras, la memoria de los santos complutenses y la protección del lugar de su martirio. Son los mozárabes, que a pesar de la ausencia de las reliquias, mantienen fieles el recuerdo de Justo y Pastor en la liturgia tradicional presidida por el obispo. Unos se han trasladado al otro lado del Henares, otros continúan al abrigo del templo madre complutense.
            El siglo X, con Abd al Rahman III y sus sucesores, será la época de mayor esplendor de Al-Andalus: el Califato de Córdoba. Pero este esplendor se desvanecerá pronto, en apenas un siglo. El siglo XI va a contemplar cómo el califato se disgrega en pequeños reinos (Taifas), y cómo la frontera con los reinos cristianos se adentra en la cuenca del Tajo. Nubes de tormenta se ciernen otra vez sobre el solar complutense. El fantasma de la guerra siembra la inquietud en los hogares de uno y otro credo. Porque nadie está a salvo en medio de una tierra en disputa. Tal es así que en 1062 Fernando I sitia con sus tropas el castillo. Cuando el ejército se retira tras el pago del rescate exigido al rey de la taifa de Toledo, deja tras de sí un llano desolado y una población desierta. Los complutenses han huido: al castillo, a Toledo o a territorio cristiano. Toledo será reconquistada en 1085, y en esos últimos años del siglo XI y primeros del XII la ciudad y el castillo al otro lado del Henares serán ganados y vueltos a perder por los cristianos. Desde el norte de África llegan refuerzos, o más bien nuevos conquistadores, los almorávides, que rápidamente van haciéndose con el poder en todas las taifas que no estaban en manos cristianas, y con Al-Andalus de nuevo unificada crearán muchos problemas en los reinos cristianos. Aunque no conseguirán recuperar Toledo, sí conquistan algunas plazas fuertes, como el castillo de Alcalá.

La reconstrucción: el Burgo de San Justo

          
        Tras la devastación de la guerra comienza la tarea de la reconstrucción. El burgo está abandonado, el castillo ha sufrido bastantes daños durante el asedio, de los complutenses unos han muerto en batalla, otros han huido. Para un nuevo comienzo se necesita gente que quiera habitar y reconstruir el lugar. Después de unos años de incertidumbre, la donación por parte del rey Alfonso VII y su mujer Dña. Berenguela “del castro que ahora se dice Alcalá, pero antiguamente Compluto, con todos sus términos antiguos…” al arzobispo de Toledo, además de añadirle la soberanía temporal a la espiritual, le permite comenzar la tarea. D. Raimundo de Sauvetat, sucesor de D. Bernardo, mediante el conocido como Fuero Viejo, establecerá cómo habrá de hacerse la reconstrucción, así como las normas de convivencia de la población del llano: Alcalá la Nueva, Burgo de San Justo o San Justo de Alcalá. El castillo y su población, Alcalá la Vieja, tendrán normas aparte: se considera prudente conservar la fortaleza, pero los arzobispos favorecerán con mayores privilegios el asentamiento en el llano y el desarrollo del burgo. Con el tiempo, aunque Alcalá la Vieja seguirá teniendo guarnición, los complutenses irán abandonando progresivamente los barrancos del otro lado del Henares. Poco a poco; todavía los arrabales tendrán población a mediados del XVI. Complutenses exiliados retornarán a su antiguo solar, junto con nuevas gentes de otras zonas de Castilla. De su amalgama con los mozárabes, los musulmanes y los judíos complutenses surgirán los alcalaínos medievales. El Fuero establecerá los privilegios de los ciudadanos de cada una de las tres religiones: para los cristianos todos, para los judíos casi todos, y para los moriscos, como pueblo conquistado, muy pocos.
            Con el transcurrir del tiempo, de los reyes y los arzobispos, se irán sucediendo a lo largo del siglo XII los privilegios con el objetivo de favorecer al máximo, también en lo económico, el desarrollo de la ciudad y de la comarca. Por ello, y añadiéndose a los mercados semanales y mensuales, el arzobispo D. Gonzalo Pérez consigue del rey Alfonso VIII en 1184 la concesión de unas Ferias anuales, a celebrar durante diez días a partir del segundo domingo de Pascua. Estas Ferias irán ganando en importancia con el tiempo, y los reyes y arzobispos sumarán protecciones, privilegios y exenciones de impuestos para aumentar su interés económico para los feriantes, a la par que los ingresos a las arcas arzobispales y reales derivados de ellas.

            El inicio del siglo XIII nos trae a D. Rodrigo Ximénez de Rada como arzobispo de Toledo. Las visitas del arzobispo y su creciente séquito hacen necesaria la construcción de un lugar donde alojarse, siendo éste el inicio del Palacio Arzobispal. Muy probablemente se inicia también en esta época la construcción de las murallas de la ciudad, en parte como precaución tras los daños causados por las tropas almohades unos años antes, que después de derrotar al rey de Castilla en Alarcos trataron de conquistar Toledo, pasando por el solar complutense en alas de un renovado viento de guerra que afortunadamente pasó pronto.
            Alcalá en estos momentos va tomando un aspecto que nos resulta familiar. Faltan edificios, no existe la plaza de los Santos Niños como tal, pero el trazado de las calles es muy parecido. De las distintas puertas de la ciudad convergen las calles como radios de una rueda en la Plaza de Abajo, incluyendo la calle Mayor, más estrecha y sinuosa que ahora, y con columnas de madera en lugar de piedra. La iglesia parroquial de San Justo es un edificio pequeño, probablemente románico, al lado de cuya cabecera está la Plaza de Abajo (soportalada igual que la calle Mayor), lugar de mercado diario. El gobierno de la ciudad, a cargo de dos concejos, se reúne a toque de campana en la ermita de Santa Lucía, en el mismo lugar en que la conocemos hoy día. Posteriormente tendrá un edificio propio en la Plaza de Abajo. Extramuros, en dirección hacia Guadalajara, la ciudad va a ir creciendo poco a poco, delimitando el espacio usado para la feria anual, y que será posteriormente la actual Plaza de Cervantes. En un principio la población vive en barrios diferentes según su distinta religión y cultura. El más extenso es por supuesto el barrio cristiano, ocupando más o menos las tres cuartas partes del recinto amurallado, desde la actual calle de Sandoval, siguiendo la muralla hasta volver a la calle Escritorios. Aparte del palacio arzobispal y la parroquial de San Justo, contenía las ermitas de Santa Lucía y de San Miguel, las casas nobiliarias y el barrio de las escuelas. La judería se organizaba entorno a la calle Mayor, siendo sus límites las calles Escritorios y Santiago, con las tiendas y talleres abiertos bajo los soportales, y la entrada a las casas por calles y patios interiores conocidos como adarves. Teniendo en cuenta la población de Alcalá, la comunidad judía era bastante numerosa, como atestigua la existencia de dos sinagogas, la Mayor comunicada con las calles Mayor (Corral de la Sinagoga) y Carmen Calzado, y la Menor comunicada con las calles Santiago y Mayor (metro arriba, metro abajo en el entorno del actual restaurante La Cúpula). El barrio morisco estaba hacia el norte, entre la puerta de Burgos, la calle Santiago y la muralla, continuando extramuros en el arrabal de Santiago (al otro lado de la Plaza de la Cruz Verde). Este reparto de la ciudad en barrios fue sólo un marco de referencia, al menos en la Baja Edad Media, ya que no es raro encontrar cristianos, judíos y musulmanes viviendo puerta con puerta por ejemplo en la calle Mayor.
  Este siglo verá el traslado de las Ferias por parte de Alfonso X al mes de agosto, “por allá por San Bartolomé”, una vez finalizadas las labores agrícolas en la comarca, de forma que ya hasta nuestros días comienzan en el entorno de esa fecha (24 de agosto). Y a finales de siglo, en 1293, el arzobispo García Gudiel consigue del rey Sancho IV de Castilla un privilegio para crear en Alcalá un “estudio de escuelas generales semejante al de Valladolid”, que será el germen de la futura Universidad. La tradición sitúa el Estudio General en la zona donde actualmente se encuentra la Facultad de Económicas (“el barrio de las escuelas”).

Una próspera ciudad y su patrona
           
            Nuestra ciudad seguirá creciendo en importancia como segunda corte arzobispal a lo largo del siglo XIV, durante el que se convocarán sínodos provinciales, e incluso Cortes en el año 1348. Por estas fechas, año antes, año después, tiene lugar otro acontecimiento importante para la ciudad. Cuenta la tradición que un labriego, arando sus tierras cerca de la margen del Henares, a la altura del castillo, encuentra enterrada una imagen de la Virgen. Volviendo a casa, un imprevisto le obliga a dejar en custodia la imagen en casa de unas personas conocidas en la villa y honradas. Cuando vuelve por ella todos los habitantes de la casa están durmiendo, y ha de esperar hasta la mañana siguiente. Con las primeras luces del día vuelve y descubre que la imagen había desaparecido de donde los de la casa la habían puesto. El labriego piensa que se la quieren quedar, y los denuncia al vicario, el cual, oídas ambas partes no puede sino creer la verdad de unos y otros, dejando en suspenso la cuestión como misterio. Vuelve a su labor triste y pesaroso nuestro hombre, y arando de repente los bueyes se paran: en un trono de luz estaba la imagen perdida, que le mandaba construir una ermita en dicho lugar. Mientras el templo se edificaba, la imagen permaneció en la capilla mayor de la parroquial de San Justo... Cuando finalizaron las obras la imagen se trasladó a la ermita, y a partir de entonces fue custodiada y reverenciada allí por los alcalaínos como patrona, bajo la advocación de Nuestra Señora del Val.
            El siglo concluirá con otro arzobispo clave en la historia de la ciudad por las muchas obras que realizó, D. Pedro Tenorio. Aparte de reconstruir la ermita de la Virgen, fortificó Alcalá la Vieja, las murallas y defensas en general de la ciudad y el palacio. Además, dado el desarrollo de la ciudad más allá de la puerta de Guadalajara, inicia probablemente las obras de ampliación de la muralla por esa zona, incluyendo ya dentro del recinto la Plaza del Mercado (lugar de las Ferias) y lo que más tarde se convertirá en la ciudad universitaria. Se alcanza así la configuración final del recinto amurallado y lo que hoy denominamos el casco antiguo de Alcalá.
            Durante su mandato ocurre en Alcalá un hecho importante para el reino de Castilla. El rey D. Juan I sufre una caída de su caballo cuando contemplaba los ejercicios militares en lo que hoy es el paseo de los Pinos (Parque O’Donnell), a consecuencia de la cual muere. El arzobispo, que le acompañaba, ocultó el hecho diciendo que el rey estaba malherido y no se le podía mover. Levantaron una tienda sobre el lugar y durante tres días D. Pedro trabajó para asegurar la fidelidad de los nobles al infante de Castilla, todavía un niño, antes de representar la farsa final de la muerte del monarca tras esa larga agonía.
            A lo largo de este siglo distintos arzobispos dejarán su huella en el Palacio Arzobispal. Entre ellos destaca Martínez Contreras, a quien se deben las reformas del ala este que darán lugar al famoso Salón de Concilios, con sus yeserías y su magnífico artesonado mudéjar. En estos momentos, aunque externamente sea una fortaleza cuadrada entorno a un patio de armas, flanqueada de torreones, por dentro se va transformando en un verdadero palacio. Como un signo más del crisol de culturas logrado en Toledo, los arzobispos siempre fueron muy aficionados al arte mudéjar, y el palacio fue hasta un siglo después, por dentro y por fuera, una muestra de ese arte: torreones como de alcazaba árabe, puerta principal en arco de herradura, artesonados, yeserías...

Alonso Carrillo, el Arzobispo levantisco

                Hacia mediados de siglo llega a la sede toledana D. Alonso Carrillo de Acuña, figura clave en nuestra historia. Hombre de gran energía, fuerte personalidad y carácter, hará una gran labor en Alcalá, de la que será vecino ilustre por sus largas estancias en el palacio, y preparará el terreno para sus dos sucesores en la silla primada, Mendoza y Cisneros.
            Nada más ser nombrado arzobispo obtiene del Papa licencia para fundar 15 conventos de franciscanos en toda la diócesis, con el objetivo de evangelizar a un pueblo con poca cultura y una presencia considerable del elemento musulmán. Uno de los lugares elegidos será Alcalá dada su elevada población morisca. Por conveniencia decide ubicar el nuevo convento en el lugar ocupado hasta ese momento por la segunda parroquia de la ciudad, Santa María la Mayor, más allá de la Plaza del Mercado (en lo que hoy día es la plaza de San Diego). Para ello debe encontrarle una nueva ubicación a la parroquia, y lo hará incorporándola al edificio de la ermita de San Juan de los Caballeros (lugar de enterramiento de la nobleza), en un extremo de la Plaza del Mercado. Como este edificio es pequeño destinará unos dineros para hacerlo más grande, alargándolo hacia los pies y levantando una torre. El edificio dejado por la parroquia se convertirá en la iglesia del nuevo convento, a cuyo lado levantará de nueva planta la residencia de los frailes propiamente dicha, que tendrá dos claustros góticos (a juego con la iglesia) a dos alturas. Este convento será inaugurado en 1456 bajo la advocación de Santa María de Jesús. A esta nueva casa de franciscanos se incorpora como uno de sus miembros iniciales fray Diego de San Nicolás del Puerto, cuya fama de hombre caritativo era conocida incluso en Roma, y que será en el futuro más conocido como San Diego de Alcalá. A él se le deben las trazas de la imagen de Santa María de Jesús que presidía el retablo de la iglesia, ya que el arzobispo mandaría esculpirla según la visión de la Virgen que el santo tuvo en un sueño, y que será la segunda talla gótica de la ciudad en devoción popular (la primera es la Virgen del Val). Para mejor cumplir con su idea de evangelizar a la población, Carrillo necesita que sus frailes tengan buena formación, para lo cual obtiene del Papa unos años después el permiso para fundar tres nuevas cátedras para los franciscanos en los Estudios Generales de Alcalá, los cuales trasladará a las inmediaciones del convento para mayor comodidad de todos.
            Vuelven a ser años turbulentos para Castilla, enredada en las disputas nobiliarias y las peculiaridades de la casa real de los Trastámara. Dos años después de la muerte en olor de santidad de fray Diego, en 1465 la nobleza castellana (incluyendo a Carrillo) proclama rey al infante D. Alfonso, hermano de Enrique IV, lo cual desencadena una guerra entre los partidarios de ambos. El enfrentamiento concluye con un pacto por el que Enrique IV designa a su hermana Isabel como su sucesora, en lugar de su hija Juana (conocida como la Beltraneja). Pero el matrimonio de Isabel con Fernando, heredero de la corona de Aragón, que nuestro arzobispo oficia, no será de su agrado y romperá el pacto. Como era de esperar, a la muerte de Enrique IV en 1474 se desata otra guerra, entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja. Carrillo, que apoya a la segunda, se encerrará en Alcalá tras la proclamación de Isabel como reina de Castilla en 1475. La guerra terminará con la victoria del bando isabelino, lo cual pone en mala situación a nuestro arzobispo, que deberá solicitar el perdón real, concedido a cambio de varias de las fortalezas del Arzobispado, entre ellas Alcalá la Vieja y Santorcaz.
            Un año después de la batalla de Toro, en 1477, Carrillo consigue otro de sus objetivos: el Papa erige la iglesia parroquial de los Santos Justo y Pastor en Colegiata. Nuestra iglesia número uno pasa a tener la dignidad inmediatamente inferior a catedral: tendrá un abad que hará las veces de obispo en su ausencia, y un cabildo de 20 canónigos, sacerdotes que viven en comunidad para atender mejor el culto, tanto de la propia colegiata como de capillas y fundaciones privadas. Esto conlleva la necesidad de un edificio más grande que pueda albergar capillas, y un coro mayor para el obligatorio rezo comunitario de la liturgia de las horas. Comenzarán enseguida las obras de engrandecimiento del templo, que deberá crecer hacia los pies puesto que el altar mayor seguirá sobre la cripta de los Santos Niños, dejando un coro central como en todas las grandes catedrales góticas.
            Dos años después el arzobispo de Toledo se convierte en residente de nuestra ciudad al retirarse al palacio, del que no saldrá hasta su muerte en 1482. A petición suya no será enterrado en la catedral de Toledo, sino en la iglesia de su convento de Santa María de Jesús.

           

Los Arzobispos Mendoza y Cisneros

Su sucesor será D. Pedro González de Mendoza, conocido como el Cardenal de España, bajo cuyo carismático mandato continuarán las obras de la colegiata (cuyo proyecto modificará), y los estudios generales se engrandecen concediendo los primeros títulos de carácter universitario. La andariega corte de los Reyes Católicos pasará por Alcalá en varias ocasiones, estableciéndose en el Palacio. En una de estas ocasiones, a finales de 1485, nacerá Catalina de Aragón, futura esposa de Enrique VIII, en un frío mes de diciembre. Días después será bautizada por el cardenal en la colegiata, aún sin concluir. Estando todavía la reina en la cuarentena del parto, a principios del año siguiente (20 de enero de 1486) tiene lugar la primera entrevista entre Isabel y Cristóbal Colón. Estos negocios, iniciados en el maravilloso marco de las yeserías y artesonados del palacio, concluirán seis años más tarde con el incomparable telón de fondo de Granada, poniéndose en marcha la gran aventura transatlántica hacia las Indias.
Durante su mandato tendrá lugar la fundación de una institución muy querida entre los alcalaínos, el Hospitalillo. En 1483 D. Luis de Antezana y su mujer Dña. Isabel de Guzmán fundan en su palacio de la calle Mayor el Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, refundiendo en él el antiguo hospital de San Julián. El objetivo de esta añeja institución es la de atender gratuitamente a enfermos pobres, labor que continúa en nuestros días, siendo la única institución medieval de este carácter todavía en funcionamiento en Europa, al menos que tengamos noticia.
            Y así llegamos a 1495, año de la muerte del Cardenal Mendoza, el cual deja designado a Cisneros como su sucesor. Francisco Ximénez de Cisneros, hombre de gran inteligencia y visión de futuro, un adelantado para su época, será quizá la figura que más influencia tenga sobre Alcalá. Su vida va a estar entrelazada con la de sus dos antecesores en el Arzobispado, Carrillo y Mendoza. Tras su regreso de Roma, hacia 1466, tiene un encontronazo con el primero: trae una licencia para ocupar el primer puesto vacante en la archidiócesis, que resultó ser uno que el Arzobispo pretendía para un familiar. Como Cisneros no renunciara a su privilegio, Carrillo lo encarceló durante una temporada, en Santorcaz y Uceda. Finalmente será liberado y ocupará la Capellanía Mayor de Sigüenza, de la que pasará luego a Arcipreste. Allí conocerá a D. Pedro González de Mendoza, de quien será un gran amigo. Cuando éste sucede a Carrillo, irá favoreciendo en lo posible a Cisneros, primero proponiéndole como confesor de la reina Isabel en 1492, y después como su sucesor en el Arzobispado, cargo que al principio Cisneros no aceptará

El sueño de Cisneros
          
            A partir de su formación inicial como sacerdote concebirá un sueño que sólo años después, con los recursos de la Archidiócesis de Toledo como respaldo, podrá poner en marcha. Para Cisneros el sacerdote debe ocuparse del cuidado de las almas y la evangelización antes que de los legalismos y las cuestiones de administración. Pero para ello se necesita una buena formación, no sólo en filosofía y moral sino también en teología y sagradas escrituras. Su sueño será, por tanto, la de crear un lugar de estudios donde florezcan las Artes Liberales y sobre todo la Teología, estudiada desde las distintas vías existentes. Un enfoque novedoso de los estudios de Teología, renacentista en su carácter científico, queriendo llegar a la verdad a través de distintas formas de análisis sin excluir ninguna. Para ello era imprescindible una versión depurada de las sagradas escrituras, libre de los errores de traducción y copia acumulados a partir de los textos canónicos originales.
            En su visión, un grupo de estudiantes, capaces y entusiastas, sin importar su procedencia social, convive con los mejores profesores, y todos se reúnen entorno a las sagradas escrituras con el fin de profundizar lo humanamente posible en la Revelación Divina. Sin distracciones, sin tener que preocuparse por cuestiones mundanas, para sacar el mayor provecho y poder ser luz de las gentes.
            Necesitará, por tanto, un lugar privilegiado que les arrope, un Colegio que sirva a la vez de guía para el resto de colegios, encargados de la formación en niveles académicos inferiores y en disciplinas complementarias, que en su conjunto constituirán la Universidad. A su vez, la universidad tendrá que tener todas sus necesidades cubiertas, y deberá estar concentrada en el espacio para evitar las distracciones. Para ello será necesario diseñar toda una ciudad dedicada al estudio, con todos los servicios necesarios a estudiantes y profesores: librerías, imprentas, tiendas, viviendas, panadería, carnicería, lavandería, etc… Una ciudad para el estudio, donde florezcan las Artes y la Teología, fiel materialización de la idea siglos antes expresada por San Agustín “Ciudad de Dios que ilumine a las ciudades de todas las naciones”.
            El lugar elegido para materializar su sueño será Alcalá, sede de los Estudios Generales reformados por Carrillo y Mendoza, ya reubicados en una zona con propiedades disponibles para su compra (entre ellas varias pertenecientes a la orden franciscana, en la que había ingresado hacía años), y cerca tanto de Madrid como de Toledo.
            La segunda corte arzobispal necesitará reformas, con el fin de adaptar la vieja ciudad medieval a las nuevas funciones que habrá de tener como sede de su universidad. Reformará calles, introducirá el alcantarillado, construirá un pósito… En el lado oriental de la ciudad, y sobre todo en las cercanías del convento de Santa María de Jesús, comenzará a comprar casas y propiedades nada más llegar a la silla primada. Para aquellos a los que el comadreo no había proporcionado aún una respuesta ante tan frenética actividad inmobiliaria, el misterio se desvelaría pocos años después, un 13 de marzo de 1499, día designado por Cisneros para colocar la primera piedra del que será el Colegio Mayor de San Ildefonso, corazón y guía de la nueva Universidad. Un mes después llegaría la buena noticia de Roma: el papa Alejandro VI comprendía su sueño y accedía a sus deseos mediante las Bulas necesarias para el reconocimiento de la fundación y para la dotación de cátedras del Colegio.

El proyecto cisneriano constituye el primer diseño en la historia de una ciudad universitaria como tal, concebida y construida para el estudio. Este hecho, unido a la exportación del modelo universitario a muchas de las nuevas universidades creadas en América, constituye el núcleo de la declaración por parte de la UNESCO de Alcalá de Henares como Patrimonio de la Humanidad (concretamente “la Universidad y el recinto histórico en el que se encuentra”, ver página UNESCO). A lo que no podía faltar, claro está, la contribución al desarrollo de la lengua castellana por ser la cuna del ingenio universal de Cervantes.